Votar en contextos autoritarios es una decisión compleja e inevitablemente polémica. No se trata solo de ejercer un derecho, sino de asumir una estrategia política con riesgos, limitaciones y consecuencias. Para que el voto tenga sentido, en estas circunstancias, debe estar acompañado de organización, unidad y objetivos estratégicos claros frente al poder, el cual, por definición, no juega limpio.
Un ejemplo reciente fue la elección presidencial de 2024 en Venezuela. A pesar de condiciones adversas, la oposición democrática logró avances inéditos: consensuó un candidato unitario, canalizó el deseo de cambio de la mayoría de la población y organizó la defensa del voto como no se había visto en décadas. Esto permitió alcanzar la victoria, dejando clara la voluntad ciudadana.
Sin embargo, la respuesta del régimen fue predecible: desconoció los resultados, multiplicó la represión y la persecución y desmanteló la institucionalidad electoral, despojándola de su condición democrática y poniéndola abiertamente al servicio del poder. La falta de publicación de resultados detallados, sumada a detenciones, desapariciones forzadas y el uso sistemático de la violencia, profundizó la ruptura entre el voto y la posibilidad real de cambio.
Hoy, a nueve meses de aquel proceso, el régimen anunció la realización de un nuevo proceso electoral para elegir diputados y representantes regionales para el 25 de mayo. Dadas las condiciones antes detalladas, no se puede analizar esta convocatoria con los mismos parámetros del 28 de julio. El sistema que permitió documentar el triunfo opositor en 2024 ya no existe. Frente a esto, surgen preguntas urgentes que deben ser respondidas por quienes convocan a participar:
1. ¿Cuentan con la capacidad organizativa y la maquinaria necesaria para tener testigos en todas las mesas, y poder así recopilar las pruebas del voto recibido?
2. ¿Cómo planean hacer seguimiento a un proceso manejado desde el poder, en un marco de ausencia de institucionalidad y transparencia?
3. ¿Se han asegurado de que los sectores que promueven la participación cuenten con una tarjeta única, que sirva como instrumento para enfrentar al partido de gobierno, especialmente en un sistema que favorece a las mayorías?
4. ¿Han logrado conectar con la ciudadanía que, aún apuesta por un cambio, mayoritariamente representado por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia
Estas preguntas no son retóricas. Son fundamentales en un contexto donde el voto, sin garantías, se convierte en un instrumento vaciado de contenido democrático. Participar sin estrategia ni condiciones no solo es riesgoso, sino que puede reforzar la falsa idea de normalidad institucional.
En Venezuela, el reto no es solo votar, sino construir las condiciones para que ese voto tenga peso, sentido y consecuencias reales. Mientras tanto, la deuda con la voluntad popular expresada el 28 de julio sigue abierta. Y con ella, la herida profunda de un país que sigue luchando por decidir su destino.
El dilema de votar o no votar no puede plantearse desde trincheras enfrentadas entre los que defienden y promueven la democracia. Desde Ideas por la Democracia estamos en ese proceso de reflexión y propuestas que esperamos plantear en próximas publicaciones y actividades.



