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Que nunca vuelva la violencia política

La historia de América Latina y del continente en su conjunto está marcada por momentos oscuros en los que la violencia política se impuso sobre el diálogo, y el miedo reemplazó a la esperanza. Sin embargo, también es una historia de resistencia, de pueblos que no se han rendido, de movimientos democráticos que han sabido levantarse incluso en medio de la represión. Hoy, cuando el continente americano vuelve a estremecerse ante el avance de la violencia política y resurgen señales alarmantes en distintos países, es el momento de recordar y reafirmar una convicción firme: que nunca vuelva la violencia política, y que nunca dejemos de luchar por una democracia más justa, inclusiva y pacífica.

En un tiempo que exige más democracia y diálogo, resurgen los disparos, las amenazas y los silencios forzados. Lo vivido recientemente en Colombia exige una alarma general: el intento de asesinato contra el senador Miguel Uribe Turbay, figura de la oposición, y los crímenes de líderes sociales y comunitarios en Cali, confirman que el ejercicio político en muchas zonas del país sigue siendo una actividad de altísimo riesgo.

Esta situación no es aislada. En México, en el primer trimestre del año en curso más de 50 figuras políticas fueron víctimas de  una escalada de violencia que pone en jaque la vida democrática, incluso durante 2024 más de 30 candidatos fueron asesinados durante el proceso electoral,  aun así, la respuesta del pueblo mexicano fue contundente: participación masiva, determinación ciudadana y un mensaje claro de que el crimen no doblegará la voluntad popular.

Venezuela, por su parte, enfrenta una profunda crisis institucional que ha limitado severamente las libertades ciudadanas. La represión estatal ha sido dura y prolongada, y el desmantelamiento de la ruta electoral como vía pacífica para resolver las diferencias ha cerrado caminos a millones de venezolanos. Sin embargo, en medio de ese panorama, persisten voces valientes: periodistas, defensores de derechos humanos, estudiantes, líderes comunitarios y ciudadanos comunes que se niegan a abandonar la lucha democrática. Recuperar el voto como instrumento de cambio es una tarea urgente y posible. La presión nacional e internacional, sumada a la resistencia interna, puede volver a abrir caminos hacia una transición pacífica y democrática.

En Ecuador, el reciente asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio mostró el avance preocupante de la violencia relacionada con el crimen organizado, que hoy amenaza directamente al ejercicio libre de la política. Sin embargo, la reacción ciudadana también dejó una lección: ante la barbarie, se impuso el compromiso con la democracia. La sociedad ecuatoriana acudió a votar en medio del dolor y el miedo, reafirmando que las urnas son el lugar legítimo de las disputas políticas. La defensa del proceso electoral, junto con el fortalecimiento del Estado de derecho, es la mejor respuesta frente a quienes quieren imponer el terror.

El Salvador vive una transformación profunda. La reducción de la violencia pandillera ha traído alivio a muchas comunidades, pero también ha venido acompañada de una creciente concentración de poder y restricciones a derechos fundamentales. Aquí, la lucha democrática consiste en exigir seguridad con justicia, orden con libertad, y eficiencia con respeto institucional. La ciudadanía salvadoreña, especialmente su juventud, tiene un rol fundamental: no renunciar a la crítica, ni a los espacios de participación que aseguren una democracia duradera, donde no se deba elegir entre vivir en paz o vivir en libertad.

Perú atraviesa una crisis de gobernabilidad prolongada, marcada por cambios presidenciales abruptos y una desconexión entre las instituciones y el sentir popular. Las protestas de 2022 y 2023 dejaron víctimas que aún claman justicia, pero también dejaron claro que hay un pueblo que no se resigna a ser gobernado sin ser escuchado. Hoy más que nunca se necesita un pacto democrático profundo, una reforma institucional que devuelva legitimidad al sistema y abra las puertas a nuevas generaciones políticas. La movilización pacífica y la organización ciudadana son, una vez más, herramientas claves para reconstruir el contrato social.

En Bolivia, los ciclos de confrontación y judicialización de la política han generado un clima de desconfianza y tensión. No obstante, la vitalidad del voto boliviano sigue siendo notable. A pesar de las crisis, el pueblo ha sabido expresarse con claridad en las urnas. El reto es avanzar hacia una justicia verdaderamente independiente y hacia un diálogo nacional que supere la lógica de la revancha. La memoria de los conflictos debe transformarse en energía para construir consensos, no para reabrir heridas.

Argentina  atraviesa una etapa crítica en su vida democrática bajo el gobierno de Javier Milei, marcada por el avance de discursos agresivos, ataques a periodistas y descalificaciones a la oposición. A esto se suman intentos de modificar la composición del Poder Judicial, lo que despierta alertas sobre un posible debilitamiento institucional. Aunque el país conserva una sociedad civil activa y marcos democráticos formales, la presión sobre el Estado de derecho es creciente. Frente a este escenario, resulta urgente defender la libertad de expresión, preservar la independencia judicial y fortalecer la educación cívica como herramientas para contener los avances autoritarios y proteger la convivencia democrática.

Incluso en Estados Unidos, donde las instituciones parecían intocables, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 recordó al mundo que ninguna democracia está garantizada sin una ciudadanía comprometida. Pero también hubo esperanza: instituciones que resistieron, periodistas que informaron, ciudadanos que rechazaron el extremismo y votaron por la restauración del orden constitucional. La democracia estadounidense demostró que puede ser puesta a prueba, pero también que puede renovarse si se defiende con convicción.

Hoy más que nunca, América necesita unirse en torno a un principio básico: la política debe ser un espacio de ideas, no de violencia. La defensa de la vida, la dignidad y el respeto mutuo debe ser el mínimo ético de cualquier democracia. Esto no significa ignorar los conflictos, sino encauzarlos por vías institucionales y pacíficas. Es momento de reconstruir confianzas, de abrir espacios para la escucha, de fortalecer la educación democrática y de renovar los liderazgos con rostro humano.

La historia nos ha enseñado que la violencia política no solo destruye cuerpos: destruye proyectos, envenena generaciones y posterga el desarrollo. Pero también nos ha mostrado que los pueblos, organizados, conscientes y decididos, pueden derrotarla. Lo han hecho antes, y pueden hacerlo otra vez.

Foto: Agencias

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