En América Latina, defender la democracia ya no es solo un ejercicio institucional. Es, cada vez más, un acto de resistencia. En este nuevo ciclo de retrocesos autoritarios, las mujeres y las personas LGBTIQ+ se encuentran en la primera línea: no solo como víctimas de un repliegue de derechos, sino como sujetas políticas que sostienen, muchas veces solas, los frágiles hilos del pacto democrático.
¿Qué nos dice este momento sobre el verdadero estado de nuestras democracias, si las primeras en ser atacadas son aquellas que exigen igualdad, reconocimiento y poder compartido? En varios países, los derechos conquistados tras décadas de lucha feminista y disidente están siendo desmontados —no solo por sectores conservadores, sino también por gobiernos que, aún llamándose progresistas, han instrumentalizado la agenda de género para fines propios o la han relegado al olvido en medio de otras crisis más “urgentes”.
En muchos casos, el retroceso se justifica apelando a un enemigo externo o una amenaza abstracta al “orden social” o a la “familia”. Se construye una narrativa de defensa de la soberanía o de los valores tradicionales, que habilita la represión interna, la censura, y el recorte de derechos. Así, se normalizan discursos violentos que preparan el terreno para finalmente la temida regresión legislativa, pues raramente ellos comienzan con una ley. De hecho, el retroceso democrático no debe medirse solo en normas derogadas; empieza mucho antes, cuando se valida el odio, se criminaliza la diferencia y se cierra el espacio público.
Y suele seguir un mismo patrón: una crisis, la nostalgia de que “antes estábamos mejor”, y finalmente la irrupción de un líder carismático que dice representar al pueblo mientras destruye todo a su paso. No hay ideología que salve. Estos retrocesos no distinguen entre izquierdas y derechas: atraviesan todo el espectro político. El problema es que incluso sectores que deberían ser el contrapeso —movimientos sociales, organizaciones progresistas— a veces compran el discurso. No lo combaten, sino que lo adoptan desde la forma, sin advertir que el fondo es la erosión sistemática del derecho.
En ese caldo de cultivo, los fundamentalismos también ganan terreno, aprovechando la plataforma de gobiernos populistas para conquistar cuotas de poder y avanzar una agenda excluyente. Y en medio de todo esto, quienes siempre han estado en los márgenes —mujeres, personas LGBTIQ+, pueblos racializados, y otros grupos vulnerables— son los primeros blancos. Existe un profundo daño cuando se normaliza la misoginia, se criminaliza la identidad y se impide una representación política real.
No se trata solo de derechos en abstracto. Se trata de vidas concretas. De mujeres perseguidas por alzar la voz, de lideresas sociales enfrentando amenazas en territorios controlados por el miedo, de parlamentarias obligadas a negociar su dignidad para acceder a espacios de decisión. ¿Qué similitudes y diferencias pueden trazarse entre los distintos países de la región? ¿Qué patrones se repiten y qué contextos específicos exigen estrategias propias?
Ante estas injusticias, históricamente muchas han respondido con fuerza. Desde los congresos hasta las calles, las mujeres han tejido alianzas, levantado redes de protección, impulsado litigios, y reinventado las formas de participación política. ¿Qué tan efectivas han sido esas estrategias? ¿Hasta qué punto han logrado frenar la marea conservadora? ¿Qué se ha aprendido —y qué falta por aprender— sobre cómo resistir sin caer en la fragmentación?
Porque resistir también requiere incluir. Hay que preguntarse quién tiene realmente el poder de cambiar las cosas. La democracia también nos invita a encontrar formas de trabajar con esas poblaciones que hoy sostienen discursos de exclusión. Quizás la clave es buscar descifrar, qué creen, qué temen, qué les duele, y sobre todo, cómo hacerles ver que nuestro proyecto de democracia también les incluye, que puede responder a sus necesidades cotidianas, que no busca imponer sino dialogar.
Las alianzas entre movimientos de mujeres, organizaciones LGBTIQ+, pueblos indígenas, juventudes y sectores sociales han sido claves para sostener la esperanza democrática. Pero también han enfrentado tensiones, rupturas y desafíos logísticos. La necesidad de fortalecer esas articulaciones sin diluir agendas ni renunciar a los principios, nos invita a mirar prácticas colectivas que pueden ayudarnos a construir respuestas más coordinadas y eficaces frente a los ataques sistemáticos contra nuestros derechos.
En este momento de urgencia, mirar hacia atrás también puede ayudarnos a avanzar. Las luchas feministas en América Latina tienen una larga historia de creatividad política, resistencia comunitaria y logros institucionales. Hay lecciones que podemos recuperar de esas experiencias para ampliar nuestra capacidad de incidencia hoy, renovando la narrativa democrática para que, al centro, estén quienes siempre han estado en los márgenes.
Porque quizás la pregunta más profunda que atraviesa este tiempo no es solo cómo defender la democracia, sino qué tipo de democracia queremos defender. Porque no existe democracia sin derechos. No hay democracia que excluya, que recorte, que margine. Una democracia sin mujeres, sin disidencias, sin igualdad, ¿es realmente democracia?
Estas reflexiones parten de la invitación que nos hace Ideas por la Democracia para que un grupo de “Voces en Resistencia” conversemos sobre los desafíos de la actual coyuntura y compartamos visiones y “Apuestas por el futuro”.


